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La alegría es un valor importante a la hora de discernir nuestra vida cristiana. En Francisco es una virtud constante. No hay alegría verdadera sin desapropiación, sin humildad, sin sabiduría de la Cruz.

Un día preguntó Francisco al hermano León:

- ¿Sabes, hermano, lo que es la perfecta alegría?

- Es dar buen ejemplo de santidad, respondió el hermano León sin vacilar.

- ¡Oh, no!, exclamó Francisco. No consiste en eso la perfecta alegría.

- Entonces, ¿es acaso realizar conversiones a centenares?

- Tampoco. No consiste en eso la perfecta alegría

- ¿Sería tener el don de lenguas, de milagros, de ciencia o de profecía?, aventuró

León, bastante mosqueado.

- Aún menos. En todo esto no consiste la perfecta alegría. Aunque nosotros habláramos todas las lenguas, leyéramos las conciencias y fuéramos capaces de resucitar los muertos, no consiste en eso la perfecta alegría.

- Pues bien. Di tú mismo, te ruego, lo que es la perfecta alegría.

- Escucha, hermano León. Supongamos que regresamos de Perusa a Santa María de los Ángeles, una noche de invierno, de lluvia y de nieve. Empapados, helados y atormentados por el hambre, llamamos a la puerta del convento. El hermano portero viene y nos grita colérico, a través de la puerta: “¿Quiénes sois vosotros?”. Le respondemos: “Somos dos hermanos vuestros”. Entonces él se pone a gritar más fuerte: “No es verdad. Sois ladrones y rufianes. No hay lugar aquí para vosotros. Marchaos”. Y rehusando abrirnos, nos deja plantados allí, en la lluvia y en la nieve. Pues bien, si nosotros soportamos esto con paciencia, sin turbación ni reniegos, oh hermano León, ahí está la perfecta alegría.

Y si nosotros, obligados por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, gritando y suplicando entre llantos por el amor de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él, más enfurecido, sale fuera con un palo nudoso y nos coge por el capucho, y nos tira a tierra, y nos arrastra por la nieve, y nos apalea con todos los nudos de aquel palo; si todo esto lo soportamos con paciencia y gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de sobrellevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que aquí está la perfecta alegría.

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